2 de diciembre de 2015

Otra Forma

El se creía, cómo yo decía cuando era pequeña: 'la verga en patines'. Es decir, lo mejor de lo mejor de lo mejor... Después de él, nada. Y tal como se configuran esas personas que se creen mejores que los demás, tenía la firme convicción de que podía lograrlo todo. Pero en el fondo, lo que consideraba era que eso le daba licencia casi que para cualquier cosa, incluso, para maltratar a las mujeres.

Pero no era ese maltrato lleno de golpes y patadas. Un maltrato mucho más sutil, de esos que toman su tiempo en llevarse acabo, pero que son de los más dolorosos.

Rocío era feliz. Se despertaba todos los días luego de una larga noche abrazada con su amor. Para ella, despertarse y sentirlo a su lado era la mayor fuente de seguridad y alegría. Para ella todo era rosa, lleno de arcoiris y nubes rosas. Las complicaciones no existían. Pero a veces a la gente buena le pasan cosas malas, o mejor, cosas que no nos agradan, y pues Rocío no iba a ser la excepción. Seguramente algo debería aprender o reafirmar.

Ese día, era como cualquier otro: despertar, desayuno, conversación sobre cómo correría el día, sonrisas, besos, trabajo, almuerzo con alguna amiga, trabajo y de nuevo a la casa a ver alguna película. Pero esta vez le tocó sola. Ricardo no llegó. No contestó. No apareció.

Raro para ella. En tres años nunca lo había hecho. Para él, era solo el inicio.

Rocío estaba con los nervios de punta, imaginándose lo peor. Es que Bogotá no es una ciudad en la que se pueda confiar, pensaba. Celular apagado. Nunca pensó sino en atraco, burundanga, apuñalamiento, robo del carro. Llamó hospitales, a la policía. Nada. 12 de la noche y nada. Aguantó hasta que el sueño venció a los nervios.

Tarde, muy tarde, lo sintió llegar. Brincó de la cama y corriendo lo abrazó.
- ¡Estás bien!
- ¿Claro por qué no he de estarlo?
- ¿Qué hora es?
- Casi las 2-
- Por eso mismo, nunca habías desaparecido tantas horas.
- No desaparecí.
- ¿Entonces?
- Sencillamente estaba ocupado.

Cortante. Ella no entendía. Pero ya con la tranquilidad de que todo estaba en orden, volvió a dormir.

Ricardo escogía mujeres simples, amorosas, buenas. De esas que no necesitan mucho para ser felices, de esas que enamoran con flores recogidas de un jardín, de esas que a veces son fáciles de manipular, si les hablas de la mejor manera. Eso en el fondo lo hacía un cobarde, jugaba con las flores  más débiles del jardín, para poder deshojarlas sin él resultar herido.

A la mañana siguiente no había arcoiris. Una nube negra se posó sobre Rocío y nada la hacía mejorar el ánimo. Le rondaba y le rondaba la cabeza. Llegó incluso a morderse las uñas, gesto que le parecía más que asqueroso, despreciable. Perdió no solo la sonrisa. Sino el hambre y lo que es peor aun, la calma.

- Es que no entiendo nada.-
- ¿Será que te está poniendo los cuernos?
- No creo que sea demasiado bruto para actuar como lo hizo ayer.
- Bueno pues, entonces no es nada y te estás haciendo un gran drama por una tontera.
- Pero, ¿Por qué la actitud? Pues lo mínimo es que me preocupe ¿no? Por algo somos pareja.
- No te vas a responder todas esas preguntas, hasta que hables con él.
- Es cierto.

Esa noche, tampoco llegó.

Ni la siguiente, ni la siguiente, y así por una semana. Rocío y Ricardo pasaron a ser una pareja de desconocidos que no se veían nunca. Los desayunos se acabaron, ahora él llegaba tarde y salía corriendo temprano, casi que antes que ella despertara. Los fines de semana eran de ella encerrada y de él quien sabe dónde. Dejaron de existir los mensajes, los correos, las llamadas.

Vivía con alguien, pero estaba más que sola.

El tema la estaba afectando. No se arreglaba, estaba muy flaca. No era ni rastro de la mujer feliz de hace varias semanas.

Habían pasado casi 3 meses desde que Ricardo comenzó a jugar con Rocío. Le había comenzado a gustar el efecto que estaba causando en ella su abandono no abandono, como decidió llamarlo. Ya faltaba poco para decirle: ¿Sabes? Es que ya no te amo. Y con eso terminaría por romperla. Y nuevamente saldría impune. Como siempre, como todas las 4 veces anteriores.

El espejo, que muchas veces es nuestro peor enemigo, le mostró la salida. Un día, que no recuerda cuál es, porque perdió el sentido del tiempo, levantó la mirada, y no se reconoció. No había brillo en los ojos. Miró a su alrededor y todo eran sombras y desorden. Ya no pertenecía a ese lugar. Necesitaba salir de ese hueco. Llamó a su jefe. Se declaró enferma (cosa que no estaba muy lejos de la realidad).

Alguna vez se había prometido a sí misma que ninguna persona, menos un hombre iba a arruinar su esencia, y estaba faltando a esa promesa fundamental a su ser.

Se arregló. Decidió tomar el toro por los cuernos. Llegó a la oficina de Ricardo. Se anunció. Que si puede esperar. Ni siquiera la hizo subir, como si fuera la de los domicilios... Se indignó, cosa que casi nunca sucedía. Entendió que le estaban dando un trato de segunda que no solo no se merecía, sino que era una completa cabronada. Pasó de la indignación a la ira en 3 segundos y medio, y Ricardo no le conocía el lado iracundo, que puede ser bastante impetuoso.

Así que esperó con calma. Pasaron 3 horas, es decir, llegó la hora del almuerzo. En algún momento debía salir. Y así fue. Venía caminando, sonriente, como si no pasara nada, y la ignoró. Y yo sufriendo como una idiota todos estos meses, se repetía. Lo siguió cautelosamente. Entraron a un restaurante de la zona y ella detrás. Cuando todos se sentaron, se paró al lado de la mesa y le dijo: Ricardo, llevo 4 horas esperando en el lobby de tu oficina. ¿No te avisaron? Tocaba no sonar como una loca histérica en frente de medio mundo.

- No.
- Necesito hablarte.
- Ya sabes que si necesitas algo para la casa, tienes la cuenta.
- No se trata de eso.
- Mira, estoy en medio de una reunión con mis colegas. ¿Me disculpas?

Todos estaban anonadados. Así trataba a su esposa...

Claro qué si lo disculpaba. Salió de ahí derecho a su casa. Llamó a sus tres amigas que estaban listas para actuar cuando se requiriera. Es que pensaba que nunca te ibas a despertar. Que vaya a tratar a otra como te está tratando.

A pesar del show, sintió como si un balde de agua fría le hubiera caído en la cabeza. Rocío volvía a tener un brillo en los ojos, pero no uno de felicidad, era algo diferente. La ansiedad lo consumió el resto de la tarde. Quería llegar a su casa a ver con qué se iba a encontrar.

Ensayó todas las veces en su cabeza el discurso, la estocada final.

Siete de la noche. Toda la casa apagada.

Entró y lo que vio no tenia sentido. O sí, pero él no lo entendía.

Todas las fotos de los dos, reventadas contra el piso. Los cuadros que él había comprados, arruinados por un cuchillo. Comenzó a recorrer el apartamento cuarto a cuarto: en la cocina, la nevera absolutamente vacía; en el cuarto auxiliar, toda la ropa de cama en el piso y en el cuarto principal un letrero escrito a mano en la pared:

TE DISCULPO
PERO NO TE QUITO LO HIJUEPUTA
R.

Se quedó frío. Nunca se imaginó que llevar al límite a Rocío tendría estos efectos. Se sorprendió, y eso casi nunca sucedía. Ricardo sonrío, honestamente por primera vez en toda su vida.

Rocío empacó toda su ropa, tomó todo lo que le gustaba y desechó o rompió lo que siempre odió de ese apartamento. Como bonus track tomó la mejor ropa de Ricardo, y el mercado y se lo regaló al portero. Haga lo que quiera con esto, le dijo, mientras reía de gozo.

Bogotá es una ciudad grande, y uno no esperaría encontrarse a nadie indeseable nunca. Pero no, el destino juega de la peor forma. Un día caminando por el sector de restaurantes de moda, lo vio solo, leyendo una revista en un café.

Se le sentó al lado y sin mayores preámbulos le disparó ¿Entonces nunca me vas a decir qué fue lo que te pasó?

La miró como si estuviera en frente de un fantasma. Le tomó varios segundos armar una respuesta, pero ella no tenía afán.

- No conocía otra forma.
- Es decir, ¿primero enamoras y luego maltratas?
- Pero tu me sorprendiste.
- ¿Pensabas que me iba a morir de amor?
- Era la idea.
- ¿Por qué?
- Era mi forma de sentir poder
- En serio necesitas ayuda.

Hablaron realmente casi toda la tarde. Ella sentía que conocía a un ser muy diferente al que ella conoció y se enamoró por casi 4 años y él entendió que no era lo mejor, y que sí hay vida después de él.



19 de agosto de 2015

Perfecto

Lo vio a lo lejos y no lo podía creer. Casi que los años no le habían pasado. Permanecía igual, o acaso lo estaba mirando a través de los recuerdos. Tímidamente levantó la mano para saludarlo, pero al parecer no fue suficiente. Ese es el problema del centro los domingos, todo el mundo sale a la feria como si no hubiera otra cosa mejor que hacer. Y ahí estaba ella, con el corazón en la boca y las manos sudadas recordando. ¿Por qué fue que no funcionó? Enseguida, golpe de realidad. Es que nunca comenzó. Era casado. Punto final.

Volvió a su búsqueda de un regalo para un cumpleaños insignificante.

Sintió las manos tibias en su rostro mientras ella lloraba desconsolada. Ojalá todo fuera diferente. Él es mayor que ella un poco más de 10 años. Eran colegas de profesión y se encontraban casi que a diario en reuniones y demás. Ella lo vio y pensó que no tiene anillo, por lo tanto, soltero, churro e inteligente, es decir, posibilidades. Pero no, la unión libre existe y no pone argolla. Había atracción. Se hicieron amigos, quizá con esa excusa podrían pasar tiempo juntos, quizá al almuerzo o por las tardes, sin sentir culpa o remordimientos. Pero llegó el día en que eso no fue suficiente. Sintieron esa imperiosa necesidad de besarse, tomarse de las manos, besarse.

Quedó perturbada. ¿Qué habrá sido de su vida? Recorrió todas las posibilidades. Es que para un video, solo falta darle rienda suelta a una idea. Volvió a recorrer el sitio y entre el gentío no volvió a distinguirlo. Olvidó el regalo y comenzó a recorrer el sitio rápido pero sin demostrar la ansiedad.

Pero ella no pudo continuar. Al instante que puso sus labios sobre los de él, entendió perfectamente aquello de lo que todo el mundo hablaba, el amor. Sí, así de ridículo. Sentía que lo amaba profundamente, como si lo amara hace mucho tiempo atrás. Se detuvieron. Hablaron. Racionalizaron. Se repitieron las frases de cajón una y otra vez. Era imposible. Él era incapaz de dejar a la madre de su hijo, ella nunca le pediría que lo hiciera. Él nunca dijo que la amaba. Ella si le puso su corazón en la mano. Lloraron. Definieron que era mejor dejar de verse.

¿Y si, conserva el mismo celular? Buscó en su memoria, que era más buena de lo que cualquiera desearía, y precisamente lo recordó. Marcó el número. 

- ¿María José?
- ¿Carlos?

Silencio.

- Acabo de verte en la feria del centro. ¿Eras tú?
- ¿Dónde estás?
- Frente a las empanadas

Pasaron los minutos más eternos de la vida. Lo vio acercarse y con cada paso, su pulso se aceleraba. No pudo aguantar y los últimos metros corrió hacía él, con un impulso infantil. Se colgó de su cuello y lo abrazó tan fuerte, tan fuerte... que él no alcanzó a corresponderle.

- María José, te presento a Fabrizia, mi esposa.
- Ay, qué pena, perdona la emoción, es que tenía más de 10 años de no verlo. Mucho gusto, María José, pero claro, eso ya lo sabías.
- Mucho gusto. Eres mucho más linda de lo que te imaginaba.

¿Imaginaba? Hablaron de mi en algún momento, y ¿qué habrán dicho?

- Bueno, Carlos, subo al almacén, nos vemos en una hora.
- Perfecto. 

Beso seco en la mejilla y ella siguió su camino. Se sintió perdida. La esposa de Carlos se llamaba Mariana. 

La miró a los ojos, la tomó de las manos y le dijo perdóname, fui un cobarde.

- Quisiera saber qué debo perdonarte...
- No haber aparecido nunca más.
- Bueno, ese fue el acuerdo.
- Si, pero Me separé... y no te busqué.
- Seguramente no estabas listo. Creo que nunca lo estuviste.
- Seguramente esperaba en el fondo que lucharas un poco más.
- El que debía definirlo todo, eras tu, no yo. El de la situación difícil eras tu, no yo. Yo estaba ahí, esperando a que solucionaras y 10 años después de tanto silencio, apareces y está Fabrizzia. Siempre hay otra que no soy yo. Seguro en esta vida nunca será mi turno.
- No se trata de eso...
- ¿Entonces de qué?

No supo qué responder. En realidad, la vida lo había arrollado. Cuando menos lo pensó, la 'ruptura' con María José lo destrozó, terminó alcoholizado, agresivo con Mariana, como si ella tuviera la responsabilidad. Terminó solo y Fabrizzia apareció casi que a rescatarlo. Y merecía todo su agradecimiento, si no, su lealtad. Ella sabía toda la historia. Incluso lo alentó a buscar a María José, pero, en medio de su proceso de recuperación concluyó que si una historia sin comenzar lo había arruinado, como sería si de verdad hubiera existido.

- ¿Te conformaste?
- Si, esa es la palabra correcta.

Sintió mucha pena por él, pena por ella, pena por Fabrizzia. Miró al piso. Se sintió responsable. Intentó decir algo, pero ninguna palabra salió de su boca. Solo lágrimas, como esa última noche. Sintió sus manos tibias en su mejilla. 

- No llores, no vale la pena. Ya lo pasado, fue, y no necesitamos sufrir por eso.
- No es eso. Es que...
- Tenías la esperanza...
- No solo eso...
- Regálame una noche.
- ¿Y si no quiero solo una?
- Eso lo veremos.

Quedaron en verse en su casa. Sería así todo más tranquilo y podrían estar sin mayores complicaciones.

Lo recibió como se recibe a un extraño. Sirvió un par de tragos. Comenzaron a hablar en la sala. Él habló y habló y habló y ella parecía en otro planeta. Distraída, como sin mayor interés. Bebieron más de la cuenta. En un momento ella le dijo. No hables más. Déjame recostarme y acaríciame la cabeza. Él sabía que eso la tranquilizaba. Permanecieron así un rato, hasta que él sintió que todo se desvanecía.

A los dos días el periódico amarillista titulaba "LA HISTORIA DE ROMEO Y JULIETA LOCAL", y relataba la historia de dos amantes suicidas que habían sellado su amor, tomando una gran dosis de veneno.

La carta suicida de María José, escrita y luego desechada, decía:

No podría resignarme a verte partir de nuevo. Me pediste que te regalara una noche, te regalo toda la eternidad. MJ.



10 de agosto de 2015

Tinder - O El arte de meterse en relaciones sin futuro

Margarita está embarazada.  Fue la frase de sentencia. En este momento entendió lo que se había negado a ver: lo de ellos era imposible. Hubiera podido ser simple, pero como ella ama lo complicado, tuvo que hacer preguntas de más, indagar de más, exigir de más. Así era siempre, casi que imposible conformarse. Es que a ella le enseñaron que uno debe apuntarle a lo más alto, pero lo que nunca pudo aplicar es a retirarse antes de terminar contra el piso y con el corazón roto. Digamos que los autorreguladores nunca le funcionaron, era experta en ignorar las señales, las alertas, al astrólogo y hasta a sus amigas. Era experta en botarse de cabeza al abismo hasta enloquecer. Era experta en decir "esta es la última vez", y nunca lo era.

Todo comenzó con un encuentro casual. Tres horas de chat, luego de darse 'like' en Tinder, bastaron para ponerse una hora de encuentro. Simple: su restaurante favorito medio día. Siempre la excusa de volver al trabajo era buena. Él, todo un caballero, pasó a recogerla en su auto último modelo -¿por qué las mujeres son tan fácilmente impresionables?-. Resultó buen conversador, con un cargo interesante y padre soltero, lo que podía sumarse como un plus, ya que ella tenía su propio hijo y eso traería bastante comprensión. Y además pagó toda la cuenta. Esas fueron las conclusiones del primer almuerzo. Aunque ella no lo notaba, comenzó la película.

Lo que siguió era predecible. Mucho chat, pocas salidas. Es que no entendió la primera alerta, un personaje con ese nivel de cargo y una vida relativamente armada, si está en una aplicación de ese tipo, seguramente solo está buscando sexo. Seguramente nada serio saldría de ahí. Pero ella fue ciega.

Le sudaban las manos cada vez que entraba un mensaje de él. Vivía en una nube. Pero las muestras de interés de él eran pocas. Siempre había ocupaciones, viajes, complicaciones. Pero se veían, poco pero se veían. A veces almuerzo, a veces cenas. Pero más temprano que tarde, a pesar de su promesa de abstenerse por un tiempo, cayó. Se revolcó con él como si no hubiera un mañana. Y lo peor es que le encantó. Quedó enganchada, a pesar de todo.

De ahí en adelante, las llamadas o textos eran para verse temprano en la mañana, antes del desayuno, seguramente para saciar las ganas mañaneras de los hombres. Ella hizo caso. Siempre, nunca se abstuvo. No entendió que correr en la dirección que el hombre dice les mata las ganas. Uno nunca puede ser presa fácil, le dijeron un día, pero a ella le encantaba en bandeja de plata. Se podría suponer que él se acostumbró, y que le gustaba así para lo que la quería: sexo ocasional sin ningún tipo de exigencia. 

Pero ella comenzó a querer más. ¿Es lo normal no? Quería salidas a cine, quería salir de rumba, quería planes varios. Quería ser la única.

- ¿Tu sales sólo conmigo?
- ¿A qué te refieres?
- ¿A que si sales con alguien más?
- Si me preguntas si tengo más amigas, si tengo.
- ¿Te tiras a tus amigas?
- ¿Por qué preguntas eso?
- Porque yo no me tiro a mis amigos, entonces necesito saber qué significa para tí tener amigas.
- Entonces, la respuesta es sí.

Un silencio se apoderó de los dos. Ninguno quizo ahondar más. Ella sabía que tenía que salir corriendo. Pero no podía resistirse a sus ojos, a su sonrisa, a visualizar sus manos sobre su cuerpo. Así que siguió ahí. Pegada a él como si fuera su última posibilidad. Como si no hubiera alternativa.

Pero seguía recibiendo poco. Incluso las llamadas por la mañana cesaron, los encuentros se volvieron casi que cero. Entonces aprovechó la siguiente oportunidad que tuvo para preguntar qué había pasado, por qué la lejanía. Las respuestas eran obvias, que se hubieran intuido sin sencillamente hubiera leído las señales. Quedaron de amigos. Amigos en la versión de ella. Tenía el corazón roto. Se había enamorado tan rápido con tan poco...

Ser amigos implicaba hablar de los días, de la cotidianidad, que el hijo esto, que su mamá aquello, que su trabajo no sé qué... Y ella se mordía el labio para no decirle que lo odiaba por no amarla.

Se vieron, como amigos, para ir a un evento. Antes de entrar, la bomba. Margarita estaba embarazada. Mil quinientas millones de ideas vinieron a su cabeza. La más recurrente, que hubiera podido ser ella, la más triste, que cualquier ilusión moría ese día.

Respiró profundo, lo felicitó con una hipocresía poco evidente, y actuó como si nada. Volvió a prometerse que sería la última vez, que nunca le volverán a romper el corazón y que a la próxima atendería todas las señales.

23 de junio de 2015

Un libro

Cargaba siempre en su mochila ese libro leído una y mil veces. Esperaba algún día sacar el valor civil para hacerlo firmar. Y no era tan difícil. Sabía perfectamente dónde tomaba café los miércoles a las 4:15 de la tarde o donde almorzaba los viernes a las 12:45 del medio día. Es más, muchas veces se sentaba en alguna mesa cercana solo para observar. Logró, incluso, saber que cuando se estresaba o tenía discusiones telefónicas acribillaba su bolígrafo contra la mesa, o que su plato favorito de fin de mes es la pasta primavera (básico).

Sus cómplices: los administradores del café y del restaurante. Siempre le guardaban la mesa, y la animaban para que de una vez por todas 'saliera del closet' y se le presentara a esa persona dueña, si no solo de su admiración, casi de su adoración. Ella se negaba insistentemente.

¿Era rara? Sus conocidos la calificarían así. Porque le tocó vivir en una sociedad donde ser retraído, tímido y con pocos amigos, adicta a los libros y a los festivales de cine callejeros, se convierte en un factor de definición de persona extraña. Pero eso no la perturbaba. Vivía tranquila entre sus textos, en medio de su trabajo como correctora.

Odiaba sus últimos tres libros. A veces pensaba que debió solo escribir el primero, máximo el segundo y retirarse a hacer otras cosas. Y odiaba a sus lectores. Porque seguían comprando todo lo que publicaba. "Es que si hiciera un texto bordado sobre calzones, hasta los comprarían todos", le gritaba constantemente a su editor, quien vivía feliz con los números de las ventas. "Si quieres escribir otras cosas, haz un diario, pero no dejes de hacer lo que nos da de comer", era su contraargumento.

Es que los años no llegan solos, y las crisis de edad son cada vez más comunes. El ser neurótico, entre los artistas es casi que un requisito. Y en eso no había error. Y cada mañana que se despertaba sabía que sus niveles aumentaban, tanto que a veces se preguntaba si era posible morir de neurosis.

Notaba con frecuencia a la misma mujer, leyendo a veces revistas, a veces libros. Algunos interesantes, otros no tanto. La verdad debe ser una extraña de pocos amigos, pensaba. Otras veces la inquietaba, pero siempre estaba pensando en cosas relativamente más importantes, como para no hacer una indagación más a fondo.

Su primera novela, era majestuosa. La hace vibrar cada vez que repasa sus líneas. El resto las leía bajo un eco de la anterior, y aún mantenía esa magia, un poco añeja, de la primera historia.

Alcanzó a ver a lo lejos que estaba leyendo su última novela. ¿Será que le gusta?, se preguntó. Llamó a la mesera y la interrogó sobre la extraña lectora de los viernes. Se limitó a responder "ella viene acá solo para verla a usted". "¿Es una fanática?" "Más que eso, muere de admiración".

Escribió en una hoja arrancada de su cuaderno: A veces me pregunto qué opinan los lectores de mis libros.

Cuando le entregaron el papel doblado en cuatro, no entendía de que se trataba. Al leerlo, comprendió perfectamente de qué se trataba. Su corazón dio un brinco, le sudaron las manos y su cabeza se hizo un ocho. ¿Celeste Watson quería saber su opinión? ¿Y ahora qué le respondo?

Notó que su escritora favorita la miraba insistentemente desde el otro lado del restaurante. Seguro quería, o necesitaba una respuesta.

Se levantó, caminó los pasos necesarios a la velocidad requerida para que no se notaran los nervios. Sacó de su mochila el ejemplar trajinado de la primera novela, las puso una al lado de la otra sobre la mesa y lo primero que atinó a decir fue: "La primera es magnífica, mi favorita sobre todos los libros de todos los tiempos... La  última, es una mierda".

Celeste levantó la mirada y sonrió. "Lo mismo llevo diciéndole a mi editor desde la tercera novela y no me hace caso. ¿Entonces por qué las sigues comprando?"

"Porque estoy esperando a que vuelva a sorprenderme, y eso solo lo puedo hacer leyendo todo lo que escribe."

Entendió en ese momento que era una leyenda. Comprendió con su sonrisa, que a veces lo que uno necesita es la verdad.



9 de junio de 2015

Perdidos

A veces él quería escapar. Tomarse un receso de la vida. No pensaba en suicidarse. Eso nunca. Pero si pensaba en apagar un rato. Claro que la amaba. Ese nunca fue el problema. La amó desde la primera vez que la vio sonreír. Es que a el nunca le dijeron que el "hasta que la muerte los separe" era tan literal. Y no es que tuvieran una relación intensa, o que fueran celosos, o que se arrepintiera de tener hijos. Para nada. A veces simplemente se preguntaba: ¿Dónde quedé yo? Ahora soy más que eso. Soy Armando y 3 más. Soy armando y os sueños de sus hijos; soy Armando y las necesidades de Mariana. Soy armando y toda la responsabilidad.

Solo quería escapar.

Creo que le voy a pedir el divorcio. Es algo complicado porque, pues cómo les digo, el problema no es el amor. ¿Si amo a otro? No. Creo que nunca había considerado, si quiera, la posibilidad de que me gustara otro hombre. Es que me aburrí. Todo el día es teteros, pañales, cena, algo de sexo y otro poco de televisión (infantil por supuesto). Siento que me perdí. Ya ni pinto, y bien que me iba. Es que creo que no debí dejar de trabajar nunca. ¿Y si retomo la galería? ¿El divorcio solucionaría algo? Necesito encontrarme. Volver a lo básico, a lo simple.

Solo quería recuperarse.

Entonces decidieron ir a comer solos. Llevaban meses sin hacerlo.

Es que tengo algo que decirte. Yo también.
Me va a pedir el divorcio, pensó ella. Me va a decir que está aburrida, pensó él.

Armando, ¿Qué quieres?, dijo ella en tono agresivo, generado por el miedo.
Dime tu primero.
No, tu, por favor. Lo mío no es tan importante.

No había pensado bien la situación hasta que se puso en los zapatos de Armando. Entonces supo que no quería separarse. Ahora tenía miedo. ¿Y si él quería dejarla?

O no, mentira. Tengo una pregunta que hacerte. Decidió voltear la situación.
Dime.
Es que te noto algo distante los últimos días.

Mierda, sus ganas de escapar se notaban.

¿Tienes a otra?

Era la escena más ridícula. Ella iba por el divorcio y terminó actuando como esposa necesitada.

¿De dónde sacas eso?
No sé. Es solo una idea. ¿Qué te pasa?

Esta es tu oportunidad, Armando.

Creo que algo entre nosotros se rompió. ¿No sientes que ya no somos los mismos?

No era posible que los dos estuvieran en la misma página, y ella no lo hubiera notado.

Creo exactamente lo mismo.

¿Osea que ella estaba aburrida y no lo notó?

Discutieron la situación durante 3 horas. Luego pasaron a temas del hogar, luego a temas de ellos. Recordaron lo mucho que se aman y todos los motivos por qué estaban juntos. Pero no resolvieron el fondo del asunto. Que se habían olvidado de ellos.

Un beso de buenas noches, un tema y un abrazo. Fue lo último que sucedió esa noche.

Domingo y estaban solos en la casa. Se despertó temprano, en puntillas salió del cuarto. En el balcón miró el horizonte. Estaba dividida en dos. La Mariana que quería abrir sus alas y volar, y la que quería quedarse sembrada en la tierra. Nadie le dijo que la adultez le presentaría tantos desafíos. Drama.

Volvió al cuarto y lo vio dormir un rato. Realmente lo amaba.

Se sintió a gusto en la casa cuando reinaba el silencio.

Mamá, ¿cuidarías a los niños por 10 días? No, no pasa nada, tranquila. Solo que creo que necesitamos con Armando despejarnos un poco. Si claro. Te dejo las llaves para que recojas las cosas de los pequeños.

La encontró en la cocina preparando el desayuno.

Madrugaste mucho...
Sí, perdí el sueño.
Huele delicioso.
Hablé con mi mamá. Se va a quedar con los niños unos días. Podemos irnos de viaje.

Le pareció una gran idea. Llamó a su socio, lo dejó encargado de todo y buscó un destino. Decidió que fueran al lugar a donde hicieron su primer viaje de novios, seguro todos esos recuerdos los ayudarán a reencontrarse.

El viaje era simple. Cinco días de playa y sol, descanso de todo. Solo ellos dos.

Y sí. Digamos que fue perfecto. Se volvieron a besar y a acariciar como el primer día. Fueron novios nuevamente. Tomó sentido esas palabras de su abuela cuando le decía: Mary, cuando seas grande, recuerda, sean siempre novios. Esa es la clave para no llegar a aburrirse.

Pero ella seguía rota. Faltaba algo. Pero era demasiado cobarde para enfrentarlo. ¿Era suficiente sentirse segura? O era precisamente eso lo que no la dejaba respirar?

Amado mío:
Seguramente esta carta te llegará de sorpresa. Y seguramente no entenderás nada. Seguramente me odiarás un poco. O quizá, entenderás perfectamente lo que siento.
Te amo profundamente, y ese no es el problema. Pero me está costando mucho ser. Creo que tu sientes lo mismo. Hoy estoy en una encrucijada. Quisiera correr, sin rumbo, hacia el horizonte, a ver si de esa manera me encuentro de nuevo. 
Sé que te estoy pidiendo lo imposible.
Regresé antes a Colombia. A organizar todo. No se si afortunada o desafortunadamente, los niños no me dejan desaparecer. 
Todo es injusto contigo. Lo sé. Pero a veces lo injusto puede ser lo correcto. Y esta vez siento que no estoy equivocada.
¿Cuánto tiempo me voy?
No sé.
¿Regresaré?
No sé.
Luego hablaremos para ver la logística de este asunto.
Te amo, con todo el corazón.

Mary

Respiró aliviado.
No sabía si era correcto sentir tanta felicidad. Era definitivo. Ambos eran unos egoístas. Seguro era mejor así, cada quien por separado.

Salió a caminar por la playa.
En el fondo sabía que más temprano que tarde, ella volvería