22 de marzo de 2009

DOS VARIACIONES DE UNA MISMA HISTORIA

Era una tarde indefinida. No hacía calor ni frío. Pero para ella estaba demasiado caliente. Siguiendo su instinto y la premisa de cabecera –por si acaso-, prefería llevar ropa de más, en caso de que bajara la temperatura. Iba zafando su bufanda, torpemente, cuando alzó la mirada y lo vio. Venía en sentido contrario a ella por ese parque que a ella ya no le gustaba como antes, porque venía cargado de recuerdos. Cuando debía atravesarlo lo hacía casi al trote, mirando al piso. Era menos doloroso.

Al verlo, cada una de sus células brincó de emoción. Quería correr con los brazos abiertos, abrazarlo y decirle cuanto lo extrañaba. Pero no fue capaz. Sabía que se exponía a un rechazo fulminante que acabaría con su alma una vez más.

Lleva meses sin contestar mis llamadas. Evidentemente no quiere saber nada de mí.

Logró zafar la bufanda, la enrolló sin gracia, y meterla en el bolso. No dejó de caminar.

Ellos eran amigos. Hasta que les ganó el deseo. Eran amigos, de esos que se conocen por intermedio de un tercero. Antonia era la niña de los ojos de Andrés, y Marco su mejor amigo. De rumba en rumba, de trago en trago, de baile en baile, se hicieron amigos. Marco tenía una novia, con la que conformaban el cuarteto.

Un día, Antonia decidió que no podía seguir manteniendo la relación con Andrés, a punta de mentiras piadosas y verdades a medias: ella nunca pudo amarlo de la manera que él quería, así que se resignaron con lo poco, que para él era suficiente para llamarlo una relación… Pero ella no estaba preparada para algo real. Así que terminaron. Fue traumático, hubo llanto, crisis, depresión. Pero lo superaron: ella dejó de sentir culpa y él aprendió que nadie muere de amor.

Las circunstancias llevaron a que Antonia y Marco se acercaran. Comenzaron a hacer planes juntos. El cine, el tequila, las charlas hasta el amanecer y una que otra sesión de baile, causaron lo inevitable: él con su novia de viaje, ella sola buscando respuestas. La tensión era demasiada. Terminaron de amantes, pero bajo una condición: nadie puede enterarse. Mucho menos Andrés y la novia de Marco. Todo era secreto. Más emoción, sobre todo si se trata de un juego.

Eran amigos, es cierto. Y ella le seguía contando sus travesuras: hoy con uno, mañana con el otro, pasado contigo. Y él la escuchaba y hasta la animaba. “yo sé que algún día conseguirás un man que te haga completamente feliz, así conozca tu prontuario. Así que ese tema no tiene que preocuparte”, le decía. Y a la final, no le preocupaba. Ella solo se divertía. Mientras tanto, el pasaba de crisis en crisis. Hoy por el trabajo, mañana por el hambre en África, pasado porque él quiere formar una familia y no lo ve cercano. A ella le parecía algo neurótico, pero igual le daba consejos: “Si quieres lograr éxito duerme menos. Y eso de querer una familia… pues comienza por buscarte otra novia, a no tener amantes y a volverte serio”, le decía.

Él sabía que ella era un espíritu libre. Ambos sabían que no podían enamorarse. Ella nunca lo contempló, le gustaba su amigo. Él… quien sabe.

Un día, Antonia se aburrió. Para ella más de tres polvos era demasiado serio. Y con Marco ya iban 5 meses. “Esto no va a para ninguna parte. Así fue concebido y así será”. Volvieron a verse, pero nunca entre las cobijas. Seguían contándose sus aventuras, sus dramas, sus tristezas. Esta vez sin sexo. A ella le parecía perfecto. No había perdido a su mejor amigo, a su alma alcahueta. A pesar de todo.

Pero un día todo cambió. Él desapareció y ella insistía en buscarlo. Parecían el correcaminos y el coyote. La verdad, se sentía ridícula. Pero quería por lo menos entender los motivos, y saber qué había sucedido. “Si todo estaba claro… Qué pasó??” la pregunta le rondaba la cabeza, estaba atorada, ya no tenía con quien hablar.

Habían pasado semanas. Antonia se enteró de que Marco tenía una nueva novia. Cristina. Era linda, querida, buena compañera… Se alegraba por él, pero le hubiera gustado que se lo contara. Como los viejos tiempos. “Ese debe ser el motivo de su ausencia”- pensó- “Pero no es para tanto”.

Llegó a la esquina del parque. Sacó con dificultad el celular de su bolso. Busco “.M.” y presionó start call. “Lo sentimos, el número marcado se encuentra ocupado”. End call. Guardó el teléfono y siguió su camino. Una lágrima bajó por su mejilla y ahí supo que todo era un caso perdido.

*****

Pateó una piedra. Al levantar la mirada la vio enredada en su bufanda de colores -que por cierto era la que más le gustaba de todas las que ella usaba-. Su cuerpo se congeló. Entró en ese estado catatónico que impide reaccionar. Sintió miedo. Quiso devolverse pero era demasiado tarde. Ella lo había visto y era demasiado de mal gusto que se notaran sus intensiones de huir. Agachó la cabeza, metió las manos en el bolsillo, e hizo como si no la hubiera visto. “Ojalá funcione”.

Ella era su mejor amiga hasta que tomaron la mala decisión de meterle sexo a la vaina. Para él todo estuvo claro hasta el momento que ella en ese tono detestable de mujer autosuficiente le dijo: “Mi vida, pero si tu sabes que tres polvos es algo serio y nosotros no estamos para eso. Ser fuckfriends se basa precisamente en eso, cero compromisos”. Le rompió el corazón y lo único que pudo decir con tono de hombre importaculista fue “Igual no yo puedo seguir así. Tengo una novia, me da remordimiento. Yo tampoco estoy para esto. Es cierto, tenemos que dejar de jugar.”

Él sabía que eso no era cierto. Que la necesitaba para respirar. Que estaba dispuesto a dejarlo todo por ella. Incluso, estaba dispuesto a olvidar su prontuario, y hacerse el de la vista gorda. Él quería darle algo real. Pero ella seguía jugando. Y a él le ganó la cobardía.

Se alejó. Cuánto le costaba no tenerla a su lado. Ver los amaneceres, comer chocolates, reírse de ellos mismos y oírle sus teorías sobre la vida. “Soy un huevón” se repetía. Sin poder contarle a nadie porque el pacto a pesar de todo seguía vigente. Si Andrés se enteraba de que se había metido con su ex, se acabarían 15 años de amistad y ya era suficiente con una pérdida.

Ella lo llamaba insistentemente y él, antes que enfrentarla, decidió aprender a vivir con el celular entre su closet. Dejó de cargarlo por un tiempo. Durante ese lapso, solo revisaba las llamadas por la noche, y devolvía las importantes. La de Ant, como la tenía registrada en el directorio, solo las borraba. Era doloroso. Pero si no iba a ser capaz de decirle lo que sentía por ella, era mejor aplicar la huída.

Decidió seguir adelante. Apareció Cristina. Adorada. Todos la quieren. Perfecta para superar esa relación de la novia que se fue del país y decidió no regresar… a lo que todo su clan le atribuyó la profunda tristeza en la que veían sumido a Marco. Ninguno se imaginaba que Antonia era la autora intelectual de la tusa. “Mejor así”, se justificaba.

Cuando pasó por su lado volvió a levantar la cabeza. Buscó su teléfono entre el bolsillo del pantalón. “Directorio-Buscar Contacto-Ant”. Antes de que su dedo gordo presionara el “hacer llamada”, vibró. En la pantalla se leía “Cris”. Contestar llamada. “Hola Linda… Sí ya voy llegando… un beso”. Terminar llamada. Guardó el teléfono de vuelta en el bolsillo. Suspiró. “Quizá es mejor así”. Y siguió su camino.

4 comentarios:

  1. Que interesante hostoria!!
    ja no te metas con tus mejores amigos, ni de fundas jajajajajajaj
    La huida si me parece cobardia... pero cada uno escoje su camino.

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  2. Hay, Naty, debería maldecirte por arrancarme una lágrima.

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  3. (y, por cierto, perdóname el hay que debió haber sido ¡ay!)

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  4. La amistad el amor y la compañía juegan demasiado entre si !

    Gran historia !!

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