29 de noviembre de 2009

UNA RECOMENDACIÓN

Estoy en esos días en los que no puedo escribir. Este poema llegó a mis manos por casualidad y me encantó. Espero que les guste tanto como a mi.
***

Mi mirada es nítida como un girasol.

Tengo la costumbre de andar por los caminos
mirando a la derecha y a la izquierda
y de vez en cuando mirando para atrás…

Y lo que veo a cada instante
es lo que nunca había visto antes,
y me doy buena cuenta de ello.

Sé sentir el asombro esencial
que tiene un niño si, al nacer,
de veras reparase en que nacía…

Me siento nacido a cada instante
a la eterna novedad del mundo…

Creo en el mundo como en una margarita,
porque lo veo. Pero no pienso en él,
porque pensar es no comprender…

El Mundo no se ha hecho para pensar en él
(pensar es estar enfermo de los ojos),
sino para mirarlo y estar de acuerdo…

Yo no tengo filosofía: tengo sentidos…
Si hablo de la Naturaleza no es porque sepa lo que es,
sino porque la amo, y la amo por eso,
porque quien ama nunca sabe lo que ama,
ni sabe por qué ama, ni qué es amar…

Amar es la eterna inocencia,
y la única inocencia es no pensar…
*

¡Ah, como hasta los más sencillos de los hombres
son enfermos y confusos y estúpidos
frente a la clara sencillez
y salud con que existen
los árboles y las plantas!
*

¿El misterio de las cosas? ¡Qué se yo lo que es el misterio!
El único misterio es que haya quien piense en el misterio.

Quien está al sol y cierra los ojos,
empieza a no saber lo que es el sol
y a pensar muchas cosas llenas de calor.

Pero abre los ojos y ve el sol
y ya no puede pensar en nada
porque la luz del sol vale más que los pensamientos
de todos los filósofos y de todos los poetas.

La luz del sol no sabe lo que hace
y por eso no se equivoca y es común y es buena.

*
Desde mi aldea veo cuanto desde la tierra se puede ver del universo…
Por eso mi aldea es tan grande como cualquiera otra tierra,
porque yo soy del tamaño de lo que veo
y no del tamaño de mi altura…

En las ciudades, la vida es más pequeña
que aquí en mi casa en lo alto de este otero.

En la ciudad, las grandes casas encierran la vista con llave,
esconden el horizonte, empujan nuestra mirada lejos de todo el cielo,
nos vuelven pequeños porque nos quitan todo y tampoco podemos mirar
y nos vuelven pobres porque nuestra única riqueza es ver.

Fernando Pessoa

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