28 de junio de 2013

La búsqueda

Miraba su mano y en él el gran diamante. Le daba vueltas. Lo acercaba, lo alejaba. Realmente era hermoso. Digamos que una roca así sería el sueño de cualquiera. Pero ella era algo diferente, entonces quería un anillo que no pareciera de compromiso. Y Paulo no quiso hacerme caso, y me regaló un anillo como de película, pero evidente. Y ahora, que era hora de dejarlo a un lado, le hallaba la razón a su deseo de que le regalaran un anillo 'distinto'. Y entonces rompió en llanto.

Sabía que era hora de volver a salir. Tenía que dejar de actuar como una atómata. Había pasado demasiado tiempo y era necesario retomar una vida. Pero ¿cómo? esa era la gran pregunta sin respuesta.

Cuando uno está enamorado, nunca piensa en que esa persona ya no va a estar. Entonces uno solo hace planes en conjunto. Solía decirle a sus amigas cuando dejaba que la visitaran. Y así vivía justificando su falta de acción.

Pero llegó el día en que sintió que ya era suficiente. Que los lamentos no iban a hacer que Paulo volviera. Que tenía que salir adelante, sola.

Así que esa mañana derrotó la pereza. Se despertó temprano y comenzó a descartar de su entorno todo aquello relacionado o que le recordaba a Paulo. Ropa, zapatos, perfumes, fotos y hasta los cuadros que él había comprado. Los libros, los papeles del estudio. La batida fue completa.

Al terminar, con tres cajas y dos maletas llenas de cosas, se sentó en el piso y en medio de lo recogido, comenzó a llorar. Sintió ganas de pedir perdón. Sacó fuerzas desde el fondo de su estómago para continuar el día. Era un hecho que las lágrimas no iban a solucionar nada. Se secó la la cara con la manga de su saco deportivo. Se levantó. Llamó al portero.

"Pedro, venga, por qué no sube por unas cosas que quiero regalarle".

Y fue así como le entregó al gran negro de casi dos metros que custodiaba y edificio y que un par de veces la había consolado en sus peores momentos, todo su pasado. "Mire doctora, ya va a ver que pronto va a poder volver a reírse", le dijo alguna vez. Y su mirada de felicidad no se debía tanto a la cantidad de cosas que heredaba, sino a que él supo que tenía la razón y que la doctora del último piso iba a dejar de llorar. "Gracias, doctora. Yo le dije que este día iba a llegar". "Lo sé, Pedro. Usted es muy sabio". Y lo despidió.

"Este apartamento quedó como cojo", se dijo. Sabía que el siguiente paso era redecorar. Pero para eso necesitaba tiempo y energía. Aun tenía algo por hacer. Así que se arregló. Se tomó su tiempo. Tenía el pelo muy largo, las uñas desarregladas, necesitaba una mascarilla. Y fue así como surgió una lista de miles de cosas por hacer. La dejadez en la que estaba era impresionante. comparó su ropero con lo que veía en TV o en internet, y se dio cuenta de que estaba demasiado desactualizado."Se me va a ir el sueldo en belleza", pensó. La falta de ganas fue algo así como su imperativo todo este tiempo. Tenia que recobrarlas, sino, iba a salir disfrazada a la calle.

Buscó una pinta estándar, de esas que no pasan de moda. Jeans, camiseta blanca y una chaqueta negra.  Listo. Estaba.

Se subió en su carro. Buscó un CD que hace meses no escuchaba. Lo puso a todo volumen. Abrió las ventanas y hundió el acelerador. Sintió el viento en su cara, la música en cada uno de sus poros. Cantó. Cantó alto. Desafinado, pero no le importaba. Se sentía feliz. Tranquila.

Llegó a su destino. Parqueó cerca al sitio al que se dirigía. Tomó una gran bocanada de aire. Notó que no se sentía triste como las veces anteriores. Eso la reconfortó. Caminó un par de metros. Se sentó en el pasto y sintió la fría tierra en su cuerpo. Comenzó a hablar en voz baja:

Paulo. Vengo a contarte que por fin decidí seguir adelante. Siento que debo pedirte perdón por eso. Porque es hora de dejarte atrás. No puedo seguir esperando que regreses. Eso no va a pasar. Tampoco puedo seguir preguntándole al Universo por qué te fuiste. Creo que nunca voy a entender. Es uno de los misterios con los que tendré que aprender a vivir. Se supone que íbamos a ser felices. Pero no pasó. Asumo que es porque me toca seguir el camino sola por un tiempo y luego acompañada de alguien. Me costó mucho es cierto y aun creo que no voy a poder amar a nadie tanto como a ti. Me haces tanta falta... 

Sorprendentemente no lloró. Se levantó del suelo y sonrió. Se alejó de la tumba caminando despacio, como dándole tiempo a la despedida. Al subirse al carro, vio en su mano el fabuloso anillo que Paulo le había regalado como muestra de su amor y sellando su compromiso, justamente dos días antes de morir. Se lo quitó, lo guardó en el bolsillito de su cartera. El Lunes lo mando a fundir,  pensó sin sentir remordimiento alguno.

Visitó una vez al mes el cementerio, hasta que dejó de sentir la necesidad de hacerlo. Ese día supo que el amor por Paulo se había extinguido y que tenía el permiso de buscar el amor en otros brazos.




6 comentarios:

  1. Debo decirte que lloré... que historia! por Dios! que historia!

    ResponderEliminar
  2. ojito aguado, si!
    acabo de llegar a mi apto después de hacerme una hidratación facial y un masaje, hoy viernes en la noche me he quedado sin planes xq me cancelaron a "última hora"... estaba comiendo queso y chocolate, con un fuerte deseo por arreglar mi apto y comer rico esta noche, aunque sea sola...
    me estoy sintiendo muy identificada con tus historias <3

    ResponderEliminar
  3. Desde el principio estaba destinado a conocer el final de la historia, si, ésa misma termina en un cementerio. Ahora la muerte llega y, no sé cuál de las dos vidas es mejor. La que sigue la doctora o en la que está Paulo.

    ResponderEliminar
  4. Me sentí identificada, él no fue mi prometido, pero estaba haciendo planes para irme del país con él, el 20 de julio fueron 3 años de su partida

    ResponderEliminar

Gracias por pasar y dejar una huella!