25 de julio de 2013

El Final

Clavó su mirada en el fondo del vaso. Decepcionado notó que estaba vacío. Se vio tentado a pedir otro más, pero sabía que de continuar, no habría retorno. Buscó en su billetera y en sus bolsillos. Tenía lo suficiente para pagarle al barman y regresar a su casa. Pagar con la tarjeta abriría una puerta más cercana a un abismo, que a otra cosa. Cuando entró al bar dijo, me tomo lo que pueda pagar en efectivo. Dos whiskys dobles y una soda. Poco para momentos. Cuando uno sabe que dos tragos no son suficientes, no debe tomar más,decía siempre en sus reuniones sociales.

Pagó y sin mayores ganas salió del lugar. Decidió a último minuto caminar antes de agarrar un taxi. Manos en los bolsillo y pies casi que a rastras, emprendió su camino. Necesitaba aclarar sus ideas ahora que todo iba a cambiar.´

En ningún momento se detuvo a pensar que de pronto estaba armando una tormenta en un vaso con agua. Era normal que entrara en un hoyo negro cuando las cosas no salían como él quería. Sacarlo de ahí era complicado. Tanto, que estaba más solo que nunca. Su esposa lo abandonó, sus amigos se fueron apartando y hoy solo le quedaba su madre enferma.

Ella se había convertido en su razón de ser, en su motivo. Pero esta noche no. Esta noche era todo, menos eso.

El día había comenzado normal. Como comenzaban todos sus días. Un desayuno mediocre. Realmente nunca aprendió a cocinar. La cama quedaba medio tendida. Cinco minutos en el cuarto de su madre. Un beso en la frente, un nudo en la garganta y un par de instrucciones a la enfermera y rumbo a la oficina.

Su rutina no tenía nada fuera de lo común. Era un tipo extremadamente aburrido. O más bien, se había convertido en uno.

Llegó a la oficina, se sentó en su escritorio. Organizó los informes, cuadró cuentas. El único sobresalto fue que la cafetera se dañó y no se pudo tomar el tradicional cafecito de después del almuerzo, minutos durante los cuales, hablaba de cualquier cosa con su asistente.

Aunque, pensándolo bien, ahora con dos tragos en la cabeza y en medio de la penumbra de la calle, Marianita lo había mirado con un cierto pesar cuando la saludó por la mañana. ¿O será que ahora se lo está imaginando? Aunque no tiene nada de raro que toda la organización supiera, menos él.

A las 5:30 de la tarde, Marianita, que era un ser humano de los más buenos que había conocido, una señora demasiado decente para ser cierto, entró a su oficina y con voz temor le dijo: "Doctor, lo necesita el Señor Marsh". Eso sí que era extraño, al máximo jefe siempre se lo encontraba en las juntas semestrales. Asumió que necesitaba algo especial. Así que tomó su Ipad -o más bien el de la empresa-, para tomar nota en caso de que sea necesario.

Al entrar, sentados en la mesa de juntas se encontraba un trío de sujetos bien vestidos que tenían a leguas cara de abogados. Se preocupó. Entendió que esto no iba por buen camino. El señor Marsh lo invitó a sentarse, y aunque prefería pasarla de pie, aceptó, poniendo un aire de sumisión en sus palabras.

- Como ud. sabe Señor Mendieta, esta compañía tiene dentro de su filosofía optimizar los recursos y generarle la mayor cantidad de ganancias a sus a sus accionistas.

A partir de ese instante dejó de escuchar. Sabía que todo ese discurso era para decirle que no iba a continuar en la empresa. Comenzó a hacer cuentas. La deuda de la casa, la enfermera, la medicina... Sin trabajo, sería demasiado imposible, y a su edad, en un país como este, donde la edad firma la sentencia de defunción laboral de cualquier persona, todo sería más complicado. Poco a poco sus pensamientos lo arrastraron al hoyo negro donde manda el negativismo y sus preocupaciones más profundas.

Cuando pudo volver a concentrarse, escuchó lo siguiente:

- ... Y teniendo en cuenta su desempeño durante 15 años de trabajo, y las condiciones de su contrato, tomando como referencia la caída en 2 puntos de su productividad, no tendrá derecho a indemnización  solo a la liquidación. Lo sentimos mucho, Señor Mendienta, y gracias por tantos años de servicio. Lo dejo con los abogados para que le expliquen su situación. Y como si nada pasara, el señor Marsh le extendió la mano como señal de despedida.

Los abogados le explicaron que adicionalmente, como había solicitado varios créditos a la empresa sumado a las vacaciones adelantadas para cuidar a su madre, la liquidación que le correspondería se vería disminuida en 3/4 partes del total.

Al final de cuentas, lo habían dejado en la calle y sin un peso.

No podía pensar claramente. Asintió a toda la palabrería de los abogados y salió como alma en pena del lugar. Eran casi las siete de la noche. Y fue así como terminó en el barsucho de la esquina.

Le dio miles de vueltas al asunto y no encontró una salida sensata al asunto. No tenía hermanos, y su padre había muerto hacía ya bastantes años. Necesitaba un milagro.

Llegó a su casa caminando. Desertó de tomar un taxi cuando se vio demasiado envuelto en sus pensamientos, como para tener que lidiar con un taxista dicharachero. Y así, podría aplazar un poco la llegada al inicio de su nueva vida, sin trabajo y sin nada.

Cuando entró, la enfermera se había retirado a dormir, así que si madre estaba sola dormida en el cuarto. Se paró a sus pies y mentalmente balbuceó una frase ininteligible. Caminó lentamente, como evitando que ella lo escuchara (le gustaba pretender que ella podía sentirlo). A su lado, agarró la mascarilla, que era lo único que se la mantenía atada a la tierra, y la separó de su cara. No sintió ganas de detenerse. Era descabellado, pero era lo único que podría hacer.

Agarró la mano de su madre, y sintió como su escasa vida se escurría entre sus dedos. Lloró, como cuando era niño que lloraba abrazado a ella. Le pidió mil veces perdón. Le rogó a Dios por su vida. Se fue apagando poco a poco. Se decía a sí mismo que ella así no iba a sufrir más.

Salió del cuarto y cerró la puerta. Se sintió liberado, pero cinco minutos después entendió que había matado a su motivo, a su razón de ser. Ahora sí, realmente, no le quedaba nada. No valía nada.

Marianita lloraba desconsolada en su puesto de trabajo. Todos en el piso, estaban en shock. Los periódicos, la radio y la televisión, todos al unísono, hablaban de lo mismo. "Luego de matar a su madre se suicida reputado ejecutivo de la Empresa Marsh and Co."

Según las noticias, una sobredosis de calmantes fue la vía para lograr acabar con su sufrimiento. Según las noticias, estaba agobiado por las deudas. Según las noticias, Mauricio Mendieta aún conservaba su empleo. Nadie dijo que la empresa le había quitado todo. Nadie mencionó la carta que dejó en su mesa de noche. Nadie habló bien de él. Todos los acusaron de desequilibrado. A los pocos días todos lo olvidaron, y Mauricio Mendieta se convirtió en un número más de los hombres que se suicidaron luego del incremento de los niveles de desempleo en el país.




2 comentarios:

  1. :o tremendo! el dar cabida a pensamientos negativos y dejarse llevar por la circunstancia, no es nada bueno!

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  2. ¿Como se puede definir lo bueno y lo malo en un segundo? La valentía de matar y morir, comparado con la valentía de seguir en la vida.
    ¿Sabremos los resultados y es el fin o volveremos a esta vida a terminar lo que empezamos?

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