7 de agosto de 2013

A veces la suerte

Puntual. Como si se tratara de una cita amorosa diaria, llegaba él al café Merlot en el centro de la ciudad. Las primeras veces a ella le pareció curioso que volviera. Por el sitio donde se encontraba ubicado no era normal tener clientes habituales. Pedía lo mismo. Primero un capuccino, con más café que leche y una galleta de avena. A los 40 minutos un vaso de agua, 'no en botella porque contamina y tanto plástico es un desperdicio'. Durante las dos horas en las que duraba sentado en la mesita de la esquina al lado de la ventana leía algo, a veces un libro, a veces una revista, a veces un periódico. Ella sentía que durante ratos se la quedaba mirando. Le incomodó las primeras veces. Con las semanas, cuando cruzaban miradas, le sonreía.

Llegó un momento en el que el Señor Gonzalo era uno de sus motivos para soportar las jornadas en el restaurante, con las que podía pagar su habitación y de vez en cuando unas clases de actuación o fotografía. Nunca habían cruzado más de un par de palabras corteses, pero ella ya había montado toda una versión de su ser.

Gonzalo tenía poco más de 67 años. Durante toda su vida había sido todo menos un ser humano triste o aburrido, a pesar de las cientos de pruebas que le puso su vida. Intentó ser optimista, tener una sonrisa en el rostro. Pero el último año esa luz se apagó.

La primera vez que fue al café, fue por una casualidad. Su conductor se retrasó y no quería volver a entrar al edificio de su abogado, donde estaba organizando una serie de cosas aburridísimas. Miró hacía la esquina opuesta y vio un sitio como parado en el tiempo. Decidió que esperaría a Mariano ahí dentro. Recordó inmediatamente que ahí hace muchos, pero muchos años había conocido a su primera esposa Ángela. Lo invadió una enorme dicha y una gran tristeza, todo al mismo tiempo. 'Alba' rezaba el botón colgado en el uniforme de la mesera. Al mirarla a los ojos, recordó a su hija, Manuela. Llenarse de tantos recuerdos lo llevó a decidir que iba a pasar todos los días a tomarse un café en ese lugar.

A Alba, que le encantan las historias de amor, pero de las tristes, le parecía que Don Gonzalo estaba esperando a la mujer de su vida, pero que esta no llegaba nunca. Todos los días un percance, y una nueva excusa para dejarlo plantado. Le tenía lástima y ya casi un poco de cariño filial.

Ella tenía ganas de hablar con él. Y él no sacaba el valor para dejarle la nota que desde su segunda visita cargaba entre su bolsillo. Quisiera caminar unas calles contigo y hablar un par de cosas. G, rezaba la corta misiva.

Un jueves la vio llorar al teléfono fuera del café. Esperó discretamente a que ella terminara la llamada, se le acercó por detrás y le dijo "Alba, ¿quieres tomar aire?" Se limpió las lágrimas como pudo y sin pensarlo dos veces comenzó a contarle la historia que había provocado las lágrimas mientras caminaba con pasos largos. "Y ahora resulta que me toca sacar mis cosas del cuarto, porque la amiga que me lo alquila decidió mudar al novio con ella y no quiere que yo ande merodeando. Como si yo tuviera tiempo para andar robándole el marido a nadie. Bastantes problemas tengo ya..." Gonzalo le siguió el pasosin decir mucho. Sabía que a las mujeres hay que dejarlas hablar cuando están bravas, para así evitar discusiones inútiles. Ese había sido el mejor  consejo que le había dado su abuela.

- Ay, Don Gonzalo, qué pena que lo aburra con mis cuentos. Pero es que en este país uno se puede esforzar como una mula y no logra nada. Nada
- Alba, primero, dime Gonzalo, sin el Don. 
- Bueno
- Y segundo.A veces no se necesita tanto esfuerzo, sino un golpe de suerte.
- Pues yo solo golpes y nada de suerte

Ambos rieron.

- Por lo menos hoy ya le alegré el día
- Eso es seguro. Volvamos al café que lo último que falta es que me echen.

Y así fue como se volvieron amigos un hombre de casi setenta, con una joven que apenas sobrepasaba los 20. Casi siempre hablaba ella. Le contó como la crió su tía abuela, porque su mamá era una irresponsable que prácticamente la dejó abandonada de recién nacida. "De pronto eso de que es importante que a uno le de teta la mamá es importante para la inteligencia, porque yo si que soy más bien medio bruta", anotaba mientras contaba la historia. Ante este tipo de apuntes, Gonzalo hacía apuntes que la hicieran recapacitar. "No hables demasiado mal de ti misma, que podrían creer que todo es cierto", era su frase más repetida.

A ella le hacía más sobrellevaderos sus días y a él ella le ponía energía a su vida.

Pero un día Gonzalo no llegó. Ni al siguiente. Alba no sabía cómo ubicarlo. No tenía su número, ni su dirección. Ni siquiera sabía su apellido. Se lamentó por haber hablado tanto, sin detenerse a preguntar quién era de verdad ese personaje. No le quedó otra cosa que resignarse. Al final, ya estaba acostumbrada que la botaran al cajón del olvido fácilmente.

Un día un señor vestido de paño la buscó en el restaurante. Sin decir más que buenos días, le entregó un sobre. No lo pudo leer durante el turno, porque eran demasiadas páginas. Así que a pesar de la angustia y la ansiedad, a la hora del almuerzo salió hacia el parque ubicado a cuadra y media de su lugar de trabajo. 

Se sentó sobre el pasto debajo de un árbol. Le sudaban las manos. No sabía bien de que se trataba todo esto, pero tenía claro que Gonzalo sería el único que le escribiría una carta así de larga. No era a mano. Comenzaba con una frase bastante cursi para su gusto, pero se deshizo de esa idea y comenzó la lectura.

Alba

Recuerda siempre que 'Quien con fe sabe esperar, ve al fin la suerte llegar'.

Lamento haberme ausentado estos días sin previo aviso, pero mis problemas de salud no me permitieron cumplir con nuestra cita diaria. Espero no haberte preocupado. Si te preguntas si estoy bien, no, no lo estoy. Pero tranquila, que a cada quien le llega su hora.

El motivo de esta carta es sencillo: voy a contarte quien soy y por qué comencé a frecuentar el café. 

Soy un viejo que en algún momento tuvo tu edad. Y fue en a esa edad, en ese café donde tu trabajas, que conocí a mi primera esposa. Se llamaba Ángela. Fue el amor de mi vida. Ella leía una novela mientras se tomaba un jugo. Yo entré en un afán a comprar una botella de agua y al verla quedé paralizado. Frené mi carrera y me detuve. Le dije que era la mujer más hermosa que había visto en la vida. La convencí de que me diera si dirección. No te alargo más la historia: a los 2 años yo había terminado la carrera y apenas obtuve mi primer empleo, nos casamos. Al tiempo quedó embarazada de mi única hija, Alma (por cierto, muy parecido a tu nombre). 

A veces, Alba, Dios tiene formas muy extrañas de enseñarnos cosas, y para mi, una de ellas fue haberme quitado a mis dos amores sin avisarme. Un accidente de tránsito, cuando Alma tenía 15 años, fue ese momento fatal para mi. 

Traté de mantenerme en pie. De seguir mi vida a pesar de la profunda tristeza que me embargaba. Seguí siendo sonriente y optimista. Así salí adelante en los negocios. Tenía muchos amigos, aunque por dentro estaba solo. Conocí a la que fuera mi segunda esposa cuando tenía 35 años. Con ella hice otra vida, aunque sin hijos logramos ser felices. Pero hace poco más de un año, murió. Cáncer. Esa enfermedad moderna, tan dolorosa, que se ha ido llevando a muchos a mi alrededor. 

Fue pocos meses después de su muerte que comencé a frecuentar el café. Y ahí recobré las ganas. Como te dije, Dios tiene formas extrañas de demostrar su poder y de poner a prueba nuestra fe. Justo cuando te encuentro, te comienzo ver como a una hija y a sentirme lleno de nuevo, me enfermo. Y de manera grave.

Espero que ahora entiendas. Y luego de explicado esto, quisiera que vinieras a verme. Mañana, a la salida del restaurante, Mariano, quien te entregó la carta hoy, pasará por ti.

Gracias, Gracias por todo. 
Con Cariño, Gonzalo.

Terminó de leer y tenía los ojos llenos de lágrimas. Nunca antes nada la había conmovido tanto. Y fue en ese momento entendió que quizá Gonzalo era la persona a quien más quería en este momento de su vida.

Al día siguiente, Alba renunció al restaurante. Tengo que encargarme de algo, Doña Mari, por eso no puedo quedarme. Gracias por todo. Dijo antes de salir. Consigo llevaba su maleta con lo esencial y su vieja cámara de fotos, comprada de segunda y con la que aspiraba a convertirse en una fotógrafa cuando la vida se lo permitiera.

- Usted lo que necesita es alguien que lo cuide. Los enfermos solos no se curan, le dijo al entrar en el cuarto donde Gonzalo se encontraba acostado.

Sonrió porque sabía que Alba había llegado para quedarse. No estaría más solo y a cambio él la ayudaría a cumplir todos sus sueños.

- Alba querida, creo que hoy comienza nuestro golpe de suerte.
- Eso creo. Eso creo, le respondió tomándolo de la mano.

-FIN-



3 comentarios:

  1. Bravo Natalia !!!! Bravo ! Que excelente historia !! No entiendo por qué la leo con acento argentino , pero toda esta historia me hizo pensar en un cafecito de Buenos Aires , hermosa historia , la vejez está llena de tristeza que mejor final feliz que alguien para compartirla ! Te felicito , reto superado y aclamado !!

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  2. Bonita historia! Quizá, por esos golpes de suerte, me gusta la amistad con personas mayores... aunque yo ya no tenga 20, suelo tener amigos de 60 o 70 años, a quienes pregunto por sus historias, cómo lograron enfrentar este mundo, qué los ha hecho felices, cuáles son los mejores libros que han leído, ... y otras preguntas llenan esas conversaciones.
    Hoy me haces sentir nostalgia porque estoy un poco alejada de ellos...
    Gracias por recordarme lo importantes que son en mi vida <3

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  3. Increible! Hay frases que necesitaba leer hoy. Precisamente hoy. Gracias Naty.

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