8 de septiembre de 2013

Café

Aun con la vista nublada, destapó la lata. Solo se veía el reflejo del fondo. ¡Puta vida!, pensó. No fue suficiente trabajar hasta las tres de la mañana, sino que ahora el castigo venía por cuenta de la ausencia de café.

Resignada, se arregló y trató de parecer una persona sensata. Para eso, el negro era el mejor aliado. Un poco de polvo, algo de pestañina, para que las ojeras no fueran lo más notorio en su rostro. Cruzó la calle. Don Albeiro, me da un tinto, por favor. Señorita, se me dañó la greca, y usted sabe que no soy amigo del café instantáneo. Quiso llorar, o mejor, agarrar a patadas el mostrador del viejo. Tranquilo don Albeiro, yo entiendo. Y sonrió obligada.

Miró el reloj. Tenía el tiempo justo.
Caminó hasta la vía principal. No tenía ganas de pelear con los demás transeúntes por un taxi. Seguro todos ellos ya tomaron café. Se sentía en desventaja.

Así que caminó en la dirección donde se veían menos personas. Arrastraba los pies. El cansancio la dominaba. Y de pronto. Comenzaron a pitarle. Volteó y cuando iba a soltar una sarta de insultos... Un milagro. Cata, ¿vas para la oficina? Te llevo. El imbécil del novio de su hermanita. Que sirva para algo, pensó.

Habló tres babosadas con Enrique mientras llegaba a su oficina. Por el camino veía cafeterías, tiendas de café, restaurantes, desayunaderos y solo podía pensar en su café mañanero que hoy no podía ser. Le pareció conchudo decirle a su piloto que se detuviera, así que se aguantó las ganas.

Se bajó en la esquina. Seguro camino a su oficina podía comprar un café. No se había fijado. En esa cuadra no había donde comprar uno. Pensó que quizás podría ser un buen negocio poner un café ahí.

Llegó corriendo a su piso. María, me regala un cafesito. Claro, pero se le demora unos cinco minuticos, doctora. Si no hay más remedio. Y la miró aliviada.

En su oficina estaban las carpetas y los materiales para la reunión. Tenía nueve minutos para alistar todo. Armó una pila de papeles, en su bolso metió los bolífrafos y la usb con la presentación. Si hacía menos viajes, más le rendiría. Corrió por el pasillo y a mitad del camino tropezó con María que llevaba su taza de café. Vio cómo caía en cámara lenta. Traasshhh, se reventó la porcelana de I Love NY. El olor de café se le impregnó en su nariz. Ay María, dijo realmente apenada, más por sus ganas, que por el desastre que se había hecho. Ay, doctora. Su tacita. María no se preocupe. Tráigame otro a la sala de juntas.

Ordenó los materiales. Prendió el computador, puso la presentación y se detuvo en la puerta para esperar a que llegaran los asistentes y su tan anhelado café.

Entraron todos, vicepresidentes, coordinadores y el 'country manager', quien pidió que cerraran la puerta. María, con la bandeja de agua, tinto y aromáticas se quedó por fuera. No la dejaron entrar.

Anna se sentó en su puesto, comenzó a tomar notas. Tal era la magnitud del anuncio y la importancia de la reunión que sus deseos de café se fueron disminuyendo con los minutos.

Todo podía ser peor que una mañana sin café, un futuro sin trabajo.



3 comentarios:

  1. «La miré y le dije, nada pasa, todo será como tiene que ser» Att -El tinto que no se tomó Cata

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  2. :) Qué bella historia, aún sin café.

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