18 de octubre de 2013

Pánico

Abrió los ojos. No veía nada. La oscuridad lo consumía todo. Había dormido tan profundo que pensó que se acercaba la mañana, pero no. Aun faltaban demasiadas horas. Ella sabía que sería eterno.

Trata de imaginar algo alegre, o hermoso. Un bonito recuerdo, solía decirle su mamá. Así que se volteó de medio lado, puso las rodillas sobre el pecho y las abrazó con sus brazos, y así en posición fetal, cerró los ojos, respiró profundo y se fue al mar, a su lugar favorito en el mundo. Pero se devolvía.

¡Tas! ¡Tas! ¡Tas! Oyó a lo lejos.

El miedo, que había estado al margen, se apoderó de ella. El sudor le empapó la espalda en un solo instante.

Retomó la respiración profunda. Entrelazó las manos para controlar el temblor. ¡Tas! ¡Tas! ¡Tas! Era más fuerte el sonido. sintió ganas de llorar y no era capaz de asomar la cabeza por fuera de las cobijas.

Se mantuvo acostada repitiéndose que todo estaba bien y que los fantasmas no existen.

Sacó fuerzas del fondo de su estómago. Abrió los ojos y trató de inspeccionar su entorno. No veía nada. Lo profundo de la oscuridad la apuñalaba por la espalda.

Volvió debajo de las cobijas.

Ángel de mi guarda
Mi dulce compañía...

Confiaba plenamente en su Angelito a ver si la sacaba de esta.

¡Tas! ¡Tas! Tas! Trash... El golpe en la puerta se había convertido en un algo roto. Era como si la vajilla yaciera en el piso.

Mami, mami...  fue lo único que le salió con un hilito de voz. Era obvio que nadie la iba a escuchar.

No podía ser posible que nadie en la casa se despertara con tremendo escándalo.

Seguía temblando. Ya el sudor helado traspasaba la pijama. Su lado valiente le hablaba al oído. Le decía que necesitaba levantarse de la cama, ir a donde su mamá y buscar refugio. Su lado cobarde, más grande y más fuerte le gritaba que qué iba a hacer con los monstruos que vivían debajo de la cama, y en el closet y en e patio. Desastre. ¿Por qué nadie le había enseñado a ser valiente? Tenía doce. Ya era hora. Se recriminaba.

Volvió a sacar sus ojos entre las cobijas. Silenció sus pensamientos. No veía nada. Oía los ronquidos de su padre. Se concentró en él.

Los ojos se fueron poniendo pesados. Su cuerpo se relajó. Iba poco a poco cayendo dormida, a medida que el miedo se iba diluyendo entre le sonido de la respiración de Fernando.

Sintió una mano en su frente. Abrió los ojos y vio a su mamá al borde de su cama. Se abalanzó sobre ella y la abrazó fuertemente.

- Mami. Menos mal, los monstruos se mueren con el amanecer.


1 comentario:

  1. Los miedos eternos producto de la noche. Por lo menos, la tierra gira y a todos nos toca sentir la obscuridad.

    ResponderEliminar

Gracias por pasar y dejar una huella!