6 de febrero de 2015

Alguien nos mira


El romance era secreto. Dos razones sencillas: su posición de jefe -la de él-, y sus actuales parejas. A él le preocupaba más que su mujer lo botara, que perder su trabajo. Para ella, lo segundo era más importante.

Todo había comenzado como un juego inocente: miradas van, sonrisas vienen, un par de caricias por  debajo de la mesa, hasta que terminaron juntos en la cama.

Él era jefe de urgencias en una clínica, digamos que cualquiera. Ella una enfermera recién egresada con todas las ganas de aprender. Él era mucho mayor, aunque no aparentaba. Los años de largos turnos y trasnocho no se le notaban en el rostro.

Por el lado de Patricia, solo sabía su mejor amiga. "Ese señor se está aprovechando. Fijo le hace eso a todas las nuevas. La verdad no entiendo qué estás esperando de esto", era la línea discursiva de su cantaleta. La verdad, ni siquiera ella sabía, digamos que actuaba sin pensar. No había querido complicar la cosa: Se vieron, se coquetearon, se gustaron, se tocaron, se besaron, se acostaron, y ahora andaban a hurtadillas para que nadie se enterara en el hospital. Es que ella no creía en el karma, entonces eso le facilitaba actuar mal (teniendo en cuenta que el 'mal' es subjetivo y en este caso se trata de lo mal visto por sus amigos).

Así pasaron los meses. Entre toqueteos en los rincones, escapadas a moteles cercanos y uno que otro polvo oficinero. Patricia se creía invencible, como es la costumbre en los jóvenes. Así que no pensó que el asunto podría salirse de sus manos.

"Me divierte. Tu tranquila, que igual no estoy para casarme", le repetía a su amiga.

Un día, el castillo de naipes fue soplado por un ventarrón. La jefa de personal la citó a su despacho.

Señorita González. Tome asiento. Esto de lo que tengo que hablarle es muy grave.

Sabía que su secreto había dejado de serlo.

He recibido este video. Dijo la matrona, que al hablar de dimensiones, valía por dos, mientras espichaba el botó de 'play' en el control del televisor que se ubicaba a sus espaldas.



Pero eso no quiere decir nada, Doctora Munar.
¿Está segura Patricia?
El Doctor Andrade solo jugaba conmigo.
¿Está segura Patricia?

Y adelantó la imagen hasta que apareció algo un poco más grave.



No pudo ocultar su cara de asombro, seguida de una cantidad infinita de lágrimas. |

Eso no es lo que parece. Fue lo primero que logró balbucear, esperando comprarse un poco de tiempo.
¿Qué no es Patricia?
Es que él... él... él me amenazó. Andrade me amenazó.

Un signo de interrogación se posó en la cara de la doctora Munar. ¿La amenazó con qué?
Con que si no le seguía 'el juego' como él lo llamaba,me haría despedir
¿Y por qué no denunció?
Porque, pues a quien le creerían, a mi, la nueva subalterna recién graduada -que seguro tiene ganas de un aumento- o al gran doctor que es una eminencia? Admítalo, estaba en desventaja.
¿Está insinuando que el Doctor Andrade la acosó? ¿Que no eran amantes? ¿Por qué quien entregó estos videos asegura que ustedes eran amante?.
Yo no sé! Lo único que sé es que me obligó a hacer cosas que no quería hacer.

Rompió en llanto desconsolado. Solo así podría salvarse.

¿Entiende las implicaciones de lo que está asegurando, Patricia?
Sí Señora.Y si esto me va a costar mi carrera, pues que así sea. Estoy aburrida del acoso, del abuso del poder.
Tranquila, Patricia. Por favor, tome este vaso de agua. Tómese la tarde libre y mañana hablamos. Tengo que pensar qué hacer.

Se encerró en su casa. No respondió ninguna llamada. Necesitaba estar segura de que no hubiera ninguna evidencia del romance que sostenía con Santiago.

Efectivamente. Habían sido demasiado cuidadosos, casi sépticos en las comunicaciones. Nunca mensajes de texto, nunca chats. Sólo él la llamaba a ella. Ella no sabía el teléfono de su casa. Coordinaban los encuentros en persona en el hospital. No había forma de que descubrieran su amorío.

Iba ser su palabra contra la de él. No sabía si podía ganar ¿debía buscar un abogado? Quien sabe.

¿Patricia puedes venir a mi oficina hoy?
Claro. Hoy tengo el turno por la tarde. A las 9:30 nos vemos.
Gracias. ¿Cómo estás?
Con algo de temor.
Tranquila. Aquí hablamos.
Ya nos vemos.

Era un manojo de nervios. No lograba controlar el temblor de sus manos. Sabía que iba a toparse con Santiago en algún pasillo del hospital. Después de tantos meses habían memorizado todos sus hábitos y rutinas.

Demasiado cliché, el ascensor. No fue capaz de mirarlo a los ojos. Cobarde le repetía una pequeña voz en su cabeza.

¿Qué haces aquí a esta hora?
Asuntos administrativos
¿Ayer qué te pasó que te fuiste temprano? ¿Estas bien?
Si. Solamente me sentí mal y me fui a mi casa.
¿Por qué no me avisaste?
¿Bueno ahora me toca decirte todo?

Salió del ascensor lo más rápido que pudo. No quería seguir charlando.Santiago la vio caminar por el pasillo hasta que las puertas de metal se cerraron. Definitivamente le encantaba. Definitivamente nadie entiende a las mujeres.

Jefe médico del hospital San Rafael denunciado por acoso sexual. Se leía en todos los diarios de la capital. Santiago trató de mantener la calma. Había intentado manejar el asunto con el más bajo perfil posible para no afectar a su familia.

En el hospital le dieron una licencia durante el proceso penal. Sería demasiado embarazoso enfrentar a sus colegas todos los días y evadir sus miradas de juicio constante. Estaba devastado. Para él su trabajo no lo era todo, pero su familia si. Y estaba a punto de perderlo todo.

Esperó toda la noche y parte de la mañana frente al apartamento de Patricia. El algún momento debe llegar se decía. La reconoció a lo lejos y corrió a su encuentro, antes de perderla tras la puerta del edificio.

¿Qué haces aquí? ¿Sabes que no debemos vernos hasta el juicio.
¿Dime que quieres?
Patricia lo miro con algo de pesar. Estaba desaliñado, barbado, despeinado. La situación lo estaba acabando.

Nada. Esto no se trata de eso...
Entonces dime de que se trata, gritó.
Patricia rompió en llanto.

¿Ahora vas a llorar? ¿Ahora eres una víctima?
Perdóname perdóname!!!
Me asuste no supe que hacer. Y ya todo ha ido demasiado lejos.

Patricia entre lágrimas y sollozos le contó todo lo ocurrido. Y el sentía una profunda rabia, al tiempo que lo invadía un pesar inmenso por esa criatura incapaz de afrontar de otra manera un gran problema. La abrazó por un instante. En ese momento comprendió que era solo una niña.

Perdóname, perdóname. Repetía incesantemente.
Tranquila. Ya veré como resuelvo esto.

Esa fue la última vez que lo vio. Supo, por chismes de pasillo que había logrado un acuerdo con el hospital. Que retiraron la denuncia, a cambio de que confesara y dejara el hospital. Supo también que la esposa no lo abandonó y que se mudó a provincia, donde seguramente el escándalo no había llegado porque le ofrecieron trabajo.

No soportaba estar en ese lugar. Todos la miraban como si fuera un bicho extraño. Definitivamente rumoraban la realidad de la falsa acusación.

Perdió. Ambos perdieron. Si tan solo hubieran sabido que todo el tiempo alguien los miraba. Si tan solo hubieran sabido que en situaciones como estas nunca nadie sale invicto. Siempre hay un precio que pagar.

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