19 de agosto de 2015

Perfecto

Lo vio a lo lejos y no lo podía creer. Casi que los años no le habían pasado. Permanecía igual, o acaso lo estaba mirando a través de los recuerdos. Tímidamente levantó la mano para saludarlo, pero al parecer no fue suficiente. Ese es el problema del centro los domingos, todo el mundo sale a la feria como si no hubiera otra cosa mejor que hacer. Y ahí estaba ella, con el corazón en la boca y las manos sudadas recordando. ¿Por qué fue que no funcionó? Enseguida, golpe de realidad. Es que nunca comenzó. Era casado. Punto final.

Volvió a su búsqueda de un regalo para un cumpleaños insignificante.

Sintió las manos tibias en su rostro mientras ella lloraba desconsolada. Ojalá todo fuera diferente. Él es mayor que ella un poco más de 10 años. Eran colegas de profesión y se encontraban casi que a diario en reuniones y demás. Ella lo vio y pensó que no tiene anillo, por lo tanto, soltero, churro e inteligente, es decir, posibilidades. Pero no, la unión libre existe y no pone argolla. Había atracción. Se hicieron amigos, quizá con esa excusa podrían pasar tiempo juntos, quizá al almuerzo o por las tardes, sin sentir culpa o remordimientos. Pero llegó el día en que eso no fue suficiente. Sintieron esa imperiosa necesidad de besarse, tomarse de las manos, besarse.

Quedó perturbada. ¿Qué habrá sido de su vida? Recorrió todas las posibilidades. Es que para un video, solo falta darle rienda suelta a una idea. Volvió a recorrer el sitio y entre el gentío no volvió a distinguirlo. Olvidó el regalo y comenzó a recorrer el sitio rápido pero sin demostrar la ansiedad.

Pero ella no pudo continuar. Al instante que puso sus labios sobre los de él, entendió perfectamente aquello de lo que todo el mundo hablaba, el amor. Sí, así de ridículo. Sentía que lo amaba profundamente, como si lo amara hace mucho tiempo atrás. Se detuvieron. Hablaron. Racionalizaron. Se repitieron las frases de cajón una y otra vez. Era imposible. Él era incapaz de dejar a la madre de su hijo, ella nunca le pediría que lo hiciera. Él nunca dijo que la amaba. Ella si le puso su corazón en la mano. Lloraron. Definieron que era mejor dejar de verse.

¿Y si, conserva el mismo celular? Buscó en su memoria, que era más buena de lo que cualquiera desearía, y precisamente lo recordó. Marcó el número. 

- ¿María José?
- ¿Carlos?

Silencio.

- Acabo de verte en la feria del centro. ¿Eras tú?
- ¿Dónde estás?
- Frente a las empanadas

Pasaron los minutos más eternos de la vida. Lo vio acercarse y con cada paso, su pulso se aceleraba. No pudo aguantar y los últimos metros corrió hacía él, con un impulso infantil. Se colgó de su cuello y lo abrazó tan fuerte, tan fuerte... que él no alcanzó a corresponderle.

- María José, te presento a Fabrizia, mi esposa.
- Ay, qué pena, perdona la emoción, es que tenía más de 10 años de no verlo. Mucho gusto, María José, pero claro, eso ya lo sabías.
- Mucho gusto. Eres mucho más linda de lo que te imaginaba.

¿Imaginaba? Hablaron de mi en algún momento, y ¿qué habrán dicho?

- Bueno, Carlos, subo al almacén, nos vemos en una hora.
- Perfecto. 

Beso seco en la mejilla y ella siguió su camino. Se sintió perdida. La esposa de Carlos se llamaba Mariana. 

La miró a los ojos, la tomó de las manos y le dijo perdóname, fui un cobarde.

- Quisiera saber qué debo perdonarte...
- No haber aparecido nunca más.
- Bueno, ese fue el acuerdo.
- Si, pero Me separé... y no te busqué.
- Seguramente no estabas listo. Creo que nunca lo estuviste.
- Seguramente esperaba en el fondo que lucharas un poco más.
- El que debía definirlo todo, eras tu, no yo. El de la situación difícil eras tu, no yo. Yo estaba ahí, esperando a que solucionaras y 10 años después de tanto silencio, apareces y está Fabrizzia. Siempre hay otra que no soy yo. Seguro en esta vida nunca será mi turno.
- No se trata de eso...
- ¿Entonces de qué?

No supo qué responder. En realidad, la vida lo había arrollado. Cuando menos lo pensó, la 'ruptura' con María José lo destrozó, terminó alcoholizado, agresivo con Mariana, como si ella tuviera la responsabilidad. Terminó solo y Fabrizzia apareció casi que a rescatarlo. Y merecía todo su agradecimiento, si no, su lealtad. Ella sabía toda la historia. Incluso lo alentó a buscar a María José, pero, en medio de su proceso de recuperación concluyó que si una historia sin comenzar lo había arruinado, como sería si de verdad hubiera existido.

- ¿Te conformaste?
- Si, esa es la palabra correcta.

Sintió mucha pena por él, pena por ella, pena por Fabrizzia. Miró al piso. Se sintió responsable. Intentó decir algo, pero ninguna palabra salió de su boca. Solo lágrimas, como esa última noche. Sintió sus manos tibias en su mejilla. 

- No llores, no vale la pena. Ya lo pasado, fue, y no necesitamos sufrir por eso.
- No es eso. Es que...
- Tenías la esperanza...
- No solo eso...
- Regálame una noche.
- ¿Y si no quiero solo una?
- Eso lo veremos.

Quedaron en verse en su casa. Sería así todo más tranquilo y podrían estar sin mayores complicaciones.

Lo recibió como se recibe a un extraño. Sirvió un par de tragos. Comenzaron a hablar en la sala. Él habló y habló y habló y ella parecía en otro planeta. Distraída, como sin mayor interés. Bebieron más de la cuenta. En un momento ella le dijo. No hables más. Déjame recostarme y acaríciame la cabeza. Él sabía que eso la tranquilizaba. Permanecieron así un rato, hasta que él sintió que todo se desvanecía.

A los dos días el periódico amarillista titulaba "LA HISTORIA DE ROMEO Y JULIETA LOCAL", y relataba la historia de dos amantes suicidas que habían sellado su amor, tomando una gran dosis de veneno.

La carta suicida de María José, escrita y luego desechada, decía:

No podría resignarme a verte partir de nuevo. Me pediste que te regalara una noche, te regalo toda la eternidad. MJ.



1 comentario:

  1. Historia triste, desalentada por el amor, el egoismo y las cadenas de sus participantes

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