10 de agosto de 2015

Tinder - O El arte de meterse en relaciones sin futuro

Margarita está embarazada.  Fue la frase de sentencia. En este momento entendió lo que se había negado a ver: lo de ellos era imposible. Hubiera podido ser simple, pero como ella ama lo complicado, tuvo que hacer preguntas de más, indagar de más, exigir de más. Así era siempre, casi que imposible conformarse. Es que a ella le enseñaron que uno debe apuntarle a lo más alto, pero lo que nunca pudo aplicar es a retirarse antes de terminar contra el piso y con el corazón roto. Digamos que los autorreguladores nunca le funcionaron, era experta en ignorar las señales, las alertas, al astrólogo y hasta a sus amigas. Era experta en botarse de cabeza al abismo hasta enloquecer. Era experta en decir "esta es la última vez", y nunca lo era.

Todo comenzó con un encuentro casual. Tres horas de chat, luego de darse 'like' en Tinder, bastaron para ponerse una hora de encuentro. Simple: su restaurante favorito medio día. Siempre la excusa de volver al trabajo era buena. Él, todo un caballero, pasó a recogerla en su auto último modelo -¿por qué las mujeres son tan fácilmente impresionables?-. Resultó buen conversador, con un cargo interesante y padre soltero, lo que podía sumarse como un plus, ya que ella tenía su propio hijo y eso traería bastante comprensión. Y además pagó toda la cuenta. Esas fueron las conclusiones del primer almuerzo. Aunque ella no lo notaba, comenzó la película.

Lo que siguió era predecible. Mucho chat, pocas salidas. Es que no entendió la primera alerta, un personaje con ese nivel de cargo y una vida relativamente armada, si está en una aplicación de ese tipo, seguramente solo está buscando sexo. Seguramente nada serio saldría de ahí. Pero ella fue ciega.

Le sudaban las manos cada vez que entraba un mensaje de él. Vivía en una nube. Pero las muestras de interés de él eran pocas. Siempre había ocupaciones, viajes, complicaciones. Pero se veían, poco pero se veían. A veces almuerzo, a veces cenas. Pero más temprano que tarde, a pesar de su promesa de abstenerse por un tiempo, cayó. Se revolcó con él como si no hubiera un mañana. Y lo peor es que le encantó. Quedó enganchada, a pesar de todo.

De ahí en adelante, las llamadas o textos eran para verse temprano en la mañana, antes del desayuno, seguramente para saciar las ganas mañaneras de los hombres. Ella hizo caso. Siempre, nunca se abstuvo. No entendió que correr en la dirección que el hombre dice les mata las ganas. Uno nunca puede ser presa fácil, le dijeron un día, pero a ella le encantaba en bandeja de plata. Se podría suponer que él se acostumbró, y que le gustaba así para lo que la quería: sexo ocasional sin ningún tipo de exigencia. 

Pero ella comenzó a querer más. ¿Es lo normal no? Quería salidas a cine, quería salir de rumba, quería planes varios. Quería ser la única.

- ¿Tu sales sólo conmigo?
- ¿A qué te refieres?
- ¿A que si sales con alguien más?
- Si me preguntas si tengo más amigas, si tengo.
- ¿Te tiras a tus amigas?
- ¿Por qué preguntas eso?
- Porque yo no me tiro a mis amigos, entonces necesito saber qué significa para tí tener amigas.
- Entonces, la respuesta es sí.

Un silencio se apoderó de los dos. Ninguno quizo ahondar más. Ella sabía que tenía que salir corriendo. Pero no podía resistirse a sus ojos, a su sonrisa, a visualizar sus manos sobre su cuerpo. Así que siguió ahí. Pegada a él como si fuera su última posibilidad. Como si no hubiera alternativa.

Pero seguía recibiendo poco. Incluso las llamadas por la mañana cesaron, los encuentros se volvieron casi que cero. Entonces aprovechó la siguiente oportunidad que tuvo para preguntar qué había pasado, por qué la lejanía. Las respuestas eran obvias, que se hubieran intuido sin sencillamente hubiera leído las señales. Quedaron de amigos. Amigos en la versión de ella. Tenía el corazón roto. Se había enamorado tan rápido con tan poco...

Ser amigos implicaba hablar de los días, de la cotidianidad, que el hijo esto, que su mamá aquello, que su trabajo no sé qué... Y ella se mordía el labio para no decirle que lo odiaba por no amarla.

Se vieron, como amigos, para ir a un evento. Antes de entrar, la bomba. Margarita estaba embarazada. Mil quinientas millones de ideas vinieron a su cabeza. La más recurrente, que hubiera podido ser ella, la más triste, que cualquier ilusión moría ese día.

Respiró profundo, lo felicitó con una hipocresía poco evidente, y actuó como si nada. Volvió a prometerse que sería la última vez, que nunca le volverán a romper el corazón y que a la próxima atendería todas las señales.

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