2 de diciembre de 2015

Otra Forma

El se creía, cómo yo decía cuando era pequeña: 'la verga en patines'. Es decir, lo mejor de lo mejor de lo mejor... Después de él, nada. Y tal como se configuran esas personas que se creen mejores que los demás, tenía la firme convicción de que podía lograrlo todo. Pero en el fondo, lo que consideraba era que eso le daba licencia casi que para cualquier cosa, incluso, para maltratar a las mujeres.

Pero no era ese maltrato lleno de golpes y patadas. Un maltrato mucho más sutil, de esos que toman su tiempo en llevarse acabo, pero que son de los más dolorosos.

Rocío era feliz. Se despertaba todos los días luego de una larga noche abrazada con su amor. Para ella, despertarse y sentirlo a su lado era la mayor fuente de seguridad y alegría. Para ella todo era rosa, lleno de arcoiris y nubes rosas. Las complicaciones no existían. Pero a veces a la gente buena le pasan cosas malas, o mejor, cosas que no nos agradan, y pues Rocío no iba a ser la excepción. Seguramente algo debería aprender o reafirmar.

Ese día, era como cualquier otro: despertar, desayuno, conversación sobre cómo correría el día, sonrisas, besos, trabajo, almuerzo con alguna amiga, trabajo y de nuevo a la casa a ver alguna película. Pero esta vez le tocó sola. Ricardo no llegó. No contestó. No apareció.

Raro para ella. En tres años nunca lo había hecho. Para él, era solo el inicio.

Rocío estaba con los nervios de punta, imaginándose lo peor. Es que Bogotá no es una ciudad en la que se pueda confiar, pensaba. Celular apagado. Nunca pensó sino en atraco, burundanga, apuñalamiento, robo del carro. Llamó hospitales, a la policía. Nada. 12 de la noche y nada. Aguantó hasta que el sueño venció a los nervios.

Tarde, muy tarde, lo sintió llegar. Brincó de la cama y corriendo lo abrazó.
- ¡Estás bien!
- ¿Claro por qué no he de estarlo?
- ¿Qué hora es?
- Casi las 2-
- Por eso mismo, nunca habías desaparecido tantas horas.
- No desaparecí.
- ¿Entonces?
- Sencillamente estaba ocupado.

Cortante. Ella no entendía. Pero ya con la tranquilidad de que todo estaba en orden, volvió a dormir.

Ricardo escogía mujeres simples, amorosas, buenas. De esas que no necesitan mucho para ser felices, de esas que enamoran con flores recogidas de un jardín, de esas que a veces son fáciles de manipular, si les hablas de la mejor manera. Eso en el fondo lo hacía un cobarde, jugaba con las flores  más débiles del jardín, para poder deshojarlas sin él resultar herido.

A la mañana siguiente no había arcoiris. Una nube negra se posó sobre Rocío y nada la hacía mejorar el ánimo. Le rondaba y le rondaba la cabeza. Llegó incluso a morderse las uñas, gesto que le parecía más que asqueroso, despreciable. Perdió no solo la sonrisa. Sino el hambre y lo que es peor aun, la calma.

- Es que no entiendo nada.-
- ¿Será que te está poniendo los cuernos?
- No creo que sea demasiado bruto para actuar como lo hizo ayer.
- Bueno pues, entonces no es nada y te estás haciendo un gran drama por una tontera.
- Pero, ¿Por qué la actitud? Pues lo mínimo es que me preocupe ¿no? Por algo somos pareja.
- No te vas a responder todas esas preguntas, hasta que hables con él.
- Es cierto.

Esa noche, tampoco llegó.

Ni la siguiente, ni la siguiente, y así por una semana. Rocío y Ricardo pasaron a ser una pareja de desconocidos que no se veían nunca. Los desayunos se acabaron, ahora él llegaba tarde y salía corriendo temprano, casi que antes que ella despertara. Los fines de semana eran de ella encerrada y de él quien sabe dónde. Dejaron de existir los mensajes, los correos, las llamadas.

Vivía con alguien, pero estaba más que sola.

El tema la estaba afectando. No se arreglaba, estaba muy flaca. No era ni rastro de la mujer feliz de hace varias semanas.

Habían pasado casi 3 meses desde que Ricardo comenzó a jugar con Rocío. Le había comenzado a gustar el efecto que estaba causando en ella su abandono no abandono, como decidió llamarlo. Ya faltaba poco para decirle: ¿Sabes? Es que ya no te amo. Y con eso terminaría por romperla. Y nuevamente saldría impune. Como siempre, como todas las 4 veces anteriores.

El espejo, que muchas veces es nuestro peor enemigo, le mostró la salida. Un día, que no recuerda cuál es, porque perdió el sentido del tiempo, levantó la mirada, y no se reconoció. No había brillo en los ojos. Miró a su alrededor y todo eran sombras y desorden. Ya no pertenecía a ese lugar. Necesitaba salir de ese hueco. Llamó a su jefe. Se declaró enferma (cosa que no estaba muy lejos de la realidad).

Alguna vez se había prometido a sí misma que ninguna persona, menos un hombre iba a arruinar su esencia, y estaba faltando a esa promesa fundamental a su ser.

Se arregló. Decidió tomar el toro por los cuernos. Llegó a la oficina de Ricardo. Se anunció. Que si puede esperar. Ni siquiera la hizo subir, como si fuera la de los domicilios... Se indignó, cosa que casi nunca sucedía. Entendió que le estaban dando un trato de segunda que no solo no se merecía, sino que era una completa cabronada. Pasó de la indignación a la ira en 3 segundos y medio, y Ricardo no le conocía el lado iracundo, que puede ser bastante impetuoso.

Así que esperó con calma. Pasaron 3 horas, es decir, llegó la hora del almuerzo. En algún momento debía salir. Y así fue. Venía caminando, sonriente, como si no pasara nada, y la ignoró. Y yo sufriendo como una idiota todos estos meses, se repetía. Lo siguió cautelosamente. Entraron a un restaurante de la zona y ella detrás. Cuando todos se sentaron, se paró al lado de la mesa y le dijo: Ricardo, llevo 4 horas esperando en el lobby de tu oficina. ¿No te avisaron? Tocaba no sonar como una loca histérica en frente de medio mundo.

- No.
- Necesito hablarte.
- Ya sabes que si necesitas algo para la casa, tienes la cuenta.
- No se trata de eso.
- Mira, estoy en medio de una reunión con mis colegas. ¿Me disculpas?

Todos estaban anonadados. Así trataba a su esposa...

Claro qué si lo disculpaba. Salió de ahí derecho a su casa. Llamó a sus tres amigas que estaban listas para actuar cuando se requiriera. Es que pensaba que nunca te ibas a despertar. Que vaya a tratar a otra como te está tratando.

A pesar del show, sintió como si un balde de agua fría le hubiera caído en la cabeza. Rocío volvía a tener un brillo en los ojos, pero no uno de felicidad, era algo diferente. La ansiedad lo consumió el resto de la tarde. Quería llegar a su casa a ver con qué se iba a encontrar.

Ensayó todas las veces en su cabeza el discurso, la estocada final.

Siete de la noche. Toda la casa apagada.

Entró y lo que vio no tenia sentido. O sí, pero él no lo entendía.

Todas las fotos de los dos, reventadas contra el piso. Los cuadros que él había comprados, arruinados por un cuchillo. Comenzó a recorrer el apartamento cuarto a cuarto: en la cocina, la nevera absolutamente vacía; en el cuarto auxiliar, toda la ropa de cama en el piso y en el cuarto principal un letrero escrito a mano en la pared:

TE DISCULPO
PERO NO TE QUITO LO HIJUEPUTA
R.

Se quedó frío. Nunca se imaginó que llevar al límite a Rocío tendría estos efectos. Se sorprendió, y eso casi nunca sucedía. Ricardo sonrío, honestamente por primera vez en toda su vida.

Rocío empacó toda su ropa, tomó todo lo que le gustaba y desechó o rompió lo que siempre odió de ese apartamento. Como bonus track tomó la mejor ropa de Ricardo, y el mercado y se lo regaló al portero. Haga lo que quiera con esto, le dijo, mientras reía de gozo.

Bogotá es una ciudad grande, y uno no esperaría encontrarse a nadie indeseable nunca. Pero no, el destino juega de la peor forma. Un día caminando por el sector de restaurantes de moda, lo vio solo, leyendo una revista en un café.

Se le sentó al lado y sin mayores preámbulos le disparó ¿Entonces nunca me vas a decir qué fue lo que te pasó?

La miró como si estuviera en frente de un fantasma. Le tomó varios segundos armar una respuesta, pero ella no tenía afán.

- No conocía otra forma.
- Es decir, ¿primero enamoras y luego maltratas?
- Pero tu me sorprendiste.
- ¿Pensabas que me iba a morir de amor?
- Era la idea.
- ¿Por qué?
- Era mi forma de sentir poder
- En serio necesitas ayuda.

Hablaron realmente casi toda la tarde. Ella sentía que conocía a un ser muy diferente al que ella conoció y se enamoró por casi 4 años y él entendió que no era lo mejor, y que sí hay vida después de él.